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México D.F. Sábado 12 de junio de 2004

Adolfo Sánchez Vázquez*

Reconocimiento a la filosofía en tiempos adversos

Sean mis primeras palabras para expresar mi más profundo y emocionado agradecimiento al Consejo Universitario de la Universidad de Guadalajara por haberme otorgado la alta distinción de doctor honoris causa, que tanto me honra y con la cual siento reverdecer los estímulos, los afectos y las consideraciones que hace ya largos años recibí a mi paso por las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de esta universidad. Mi efusivo agradecimiento lo extiendo al rector del Centro de Ciencias Sociales y Humanidades, doctor Durán Juárez, y al rector general, licenciado Trinidad Padilla, por las cálidas palabras con las que tan lúcida y generosamente han enaltecido una vida consagrada a la docencia y a la investigación en el campo de la filosofía.

Pero este reconocimiento que tanto aprecio y agradezco tiene también para mí un significado que rebasa el estrictamente personal, pues lo interpreto como el reconocimiento de una actividad, de un quehacer, de un modo de encararse racionalmente con la realidad y con las ideas, con el mundo existente y con un mundo ideal o deseado; con lo que es y con lo que debe ser. En suma, reconocimiento de lo que Kant llamaba "filosofar" y de lo que llamamos asimismo filosofía. Y este reconocimiento, así interpretado, es tanto más significativo cuanto que se otorga en tiempos difíciles, y más bien adversos, para la filosofía, y no sólo a escala provincial o nacional, sino -a tono con el sistema mundial en que vivimos- a escala global.

Y no es que haya faltado la atención a la filosofía. Por el contrario, aunque no se proclamara abiertamente, el Estado y las clases dueñas de él nunca han sido indiferentes a la filosofía que reflexiona sobre las relaciones morales, políticas o sociales que el poder estatal pretende controlar. A este respecto, bastaría poner algunos ejemplos de las relaciones -armónicas o conflictivas- que el Estado ha mantenido con la filosofía; más exactamente, con ciertos filósofos. De las primeras -las armónicas- citaremos las de la monarquía prusiana alemana con Hegel y, en nuestra época, las del Estado nazi con Heidegger; en cuanto a las segundas -las conflictivas-, recordemos las que mantuvieron Sócrates y el Estado ateniense, y en el Renacimiento las de Giordano Bruno y el poder vigente, ambas selladas con la muerte de uno y otro filósofos.

Pero al hablar ahora de los tiempos adversos para la filosofía no nos referimos al hecho, reiterado a lo largo de su historia, del rechazo, por parte del Estado, de determinada filosofía, sino al rechazo actual, por parte de la sociedad, o un sector de ella, de la filosofía en general, y, por tanto, no de ésta o aquella filosofía, aunque esto siga dándose desde el poder vigente. Y este hecho, o la tendencia que en él se manifiesta, lo encontramos recientemente en México, como botón de muestra, en las declaraciones de un alto funcionario del gobierno que deplora el "excesivo" número de filósofos cuando tanto se necesitan los profesionales vinculados con la producción, el mercado y el comercio. Pero en la prensa hemos leído también encuestas con preguntas orientadas a obtener la respuesta deseada: que la filosofía "no sirve de nada".

No podemos ignorar que esta percepción negativa de la filosofía se da, sobre todo, en los amplios sectores sociales que se alimentan ideológicamente de los medios audiovisuales de comunicación. Pero hemos de reconocer que esta actitud, que se extiende también a las ciencias sociales y a las humanidades en general, no es nueva, pues en verdad la idea de la inutilidad de la filosofía es tan vieja como la filosofía misma. En efecto, ya en el siglo VII antes de nuestra era aparece esta idea asociada a uno de los primeros filósofos griegos, Tales de Mileto. Se cuenta que su empleada doméstica no pudo contener la risa cuando el patrón absorto en sus reflexiones cayó a un pozo. Esta anécdota legendaria ejemplifica la percepción común y corriente que, desde un punto de vista práctico-utilitario, egoísta, se tiene de la filosofía. Desde él, ciertamente, no se ven las ventajas que pueda tener la reflexión filosófica. Como no podía verla tampoco la madre de Carlos Marx al decirle a su hijo que más le valdría hacerse de un capitalito, en lugar de escribir El capital. En la actitud que se revela en estos dos casos, lo práctico, lo ventajoso, se entiende como aquello que conviene al interés personal, en su sentido más estrecho. Y, claro está, en este sentido la filosofía es inútil y el filósofo es el hombre más impráctico del mundo.

Sin embargo, habría que reconocer que ese mismo hombre o mujer común y corriente que así juzga a la filosofía tiene cierta idea sobre el sentido de la vida y la muerte, sobre la finitud o la inmortalidad de la existencia, sobre lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo digno y lo indigno, etcétera. Y tiene estas ideas aunque no haya llegado a ellas por la vía de la reflexión, sino aspirándolas en el medio social e ideológico en que vive como el aire que respira. Así, pues, ese mismo y sencillo ser humano que rechaza por inútil la filosofía tiene, también, porque la necesita, una filosofía para andar por casa. Gramsci decía por ello que todo hombre es filósofo.

Pero al hablar de la percepción negativa de la filosofía nos referimos ahora a su significado social; es decir, al que es propio y peculiar de una sociedad, como la nuestra, en la que todas las actividades humanas y sus productos se convierten en mercancías; una sociedad en la que los valores más nobles -la justicia, la belleza, la dignidad humana- se supeditan al valor de cambio; en la que el lucro, la ganancia, mueve las aspiraciones y la conducta de los hombres, y en la que la competencia, el egoísmo y la intolerancia hacen de la sociedad -como decía Hegel- un campo de batalla. En esta sociedad lucrativa, competitiva y mercantilizada, la filosofía -como las ciencias sociales y las humanidades- no es rentable. Y de ahí que en la enseñanza media y superior se aspire -como aspira nuestro alto funcionario- a recortar las alas a la filosofía para que vuelen a sus anchas las disciplinas gratas al mercado. Y a esta aspiración responde la mayor parte de las universidades privadas y, en general, las empresariales, que se fundan exclusivamente para satisfacer las exigencias del mercado. Pero cierto es también que las universidades públicas no escapan, aunque con la resistencia que cada vez debe ser más intensa, a esa tendencia productivista, mercantilista.

Y para justificar esta tendencia, se arguye descaradamente que la filosofía no es productiva o práctica. Y en verdad no lo es, en el sentido mercantil, capitalista. Estamos, pues, ante una actitud, aspiración o tendencia que responde a un sistema económico-social neoliberal, en el que con la globalización del capital financiero la mercantilización de todo lo existente alcanza -tanto a escala nacional como mundial- un nivel jamás conocido.

Tenemos, así, dos tipos de percepción negativa de la filosofía; una, del hombre común y corriente que no ve ninguna utilidad personal en ella, y otra, la del capitalista o sus voceros que niegan su utilidad económico-social por no ser rentable en el mercado.

Ahora bien, a esta doble percepción negativa de la filosofía -y al descrédito correspondiente de ella- contribuyen también ciertos filósofos que se llaman a sí mismos "posmodernos" o del "pensamiento débil". Estos filósofos la descalifican por proponer, en la actualidad, lo que la filosofía, desde Platón a John Rawls, ha propuesto más de una vez: una sociedad justa o una vida humana buena. Los posmodernos interpretan el incumplimiento del proyecto emancipatorio de la modernidad o el fracaso histórico del "socialismo real", que realmente nunca fue socialismo, como el fin de las causas emancipatorias o de los "grandes relatos", según su terminología, que la filosofía de la ilustración y el marxismo han propuesto. Despejan así el camino al desencanto, a la decepción y a la desconfianza en la filosofía, con el agregado de que, con ello, pierde sentido todo compromiso con los valores, ideales o causas que muchos filósofos, desde Sócrates, han asumido.

A estas percepciones de la filosofía hay que contraponer la reivindicación de su importancia, necesidad y función social. Y no sólo en el sentido teórico-práctico, de contribuir con sus reflexiones a elevar y dignificar al hombre, sino también en el práctico de influir en sus actos, contribuyendo así a dignificarlo, a humanizarlo en la realidad.

Así pues, si bien la filosofía es inútil juzgada con un estrecho criterio, egoísta e individual, y si es improductiva, no rentable, al aplicarle el criterio productivista, mercantilista, sí es, por el contrario, productiva, práctica, rentable, en un sentido verdaderamente humano y vital, como la atestiguan momentos clave de su historia: al forjar la moral y la política del ciudadano de la polis ateniense; al impulsar en el Renacimiento y en la modernidad la liberación del individuo de los grilletes del despotismo y de la Iglesia; al inspirar al pueblo francés con los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad en la Revolución de 1789, y en las de independencia en América Latina; al denunciar, desde Rousseau a la Escuela de Francfort, el torcido y perverso camino que tomaba el progreso científico y tecnológico y, finalmente, para no alargar los ejemplos, al plantearse con Marx y Engels la necesidad y posibilidad de transformar el mundo de la explotación del trabajo por el capital.

Y si nos preguntamos hoy dónde está la importancia y la utilidad de la filosofía, habrá que responder a ello situándonos en el mundo en el que se hace la pregunta.

Un mundo injusto, abismalmente desigual; insolidario, competitivo y egoísta; un mundo en el que una potencia -Estados Unidos- se burla del derecho internacional y recurre a la forma más extensa de la violencia contra los pueblos: la guerra preventiva, y a la más bárbara y repulsiva práctica contra los individuos inocentes: la tortura; un mundo en el que la dignidad personal se vuelve un valor de cambio y en el que la política -contaminada por la corrupción, el doble lenguaje y el pragmatismo- se supedita a la economía.

No es posible callar, ser indiferente o conformarse con este mundo que, por ello, tiene que ser criticado y combatido. Pero su crítica presupone los valores de justicia, libertad, igualdad, dignidad humana, etcétera, que la filosofía se ha empeñado, una y otra vez, en esclarecer y reivindicar. Pues bien, Ƒpuede haber hoy algo más práctico, en un sentido vital, humano, que este esclarecimiento y esta reivindicación por la filosofía de esos valores negados, pisoteados o desfigurados en la realidad?

Ahora bien, este mundo actual, justamente por la negación de esos valores exige otro más justo, más libre, más igualitario, y otra vida humana más digna, exigencia que desde la República de Platón a la sociedad comunista de Marx y Engels ha preocupado a la filosofía. Pero el cambio hacia ella, Ƒes posible? Pregunta inquietante a la que la ideología dominante responde negativamente alegando una inmutable naturaleza humana egoísta, insolidaria, agresiva, intolerante. Toca a la filosofía salir al paso de esta operación fraudulenta de convertir los rasgos propios del homo economicus de la sociedad capitalista en rasgos esenciales e invariables de la naturaleza humana. Con ello la filosofía presta un servicio no sólo a la verdad, sino a la esperanza en el cambio hacia un mundo alterno con respecto al injusto y cruel en que vivimos. Y necesitamos también de la filosofía para deshacer los infundios de los ideólogos que proclaman que la historia ya está escrita, o ha llegado a su fin, con el triunfo del capitalismo neoliberal, "democrático", hegemonizado unilateralmente por Estados Unidos.

Pero la historia, puesto que la hacen los hombres, ni está ya escrita ni es inevitable. Y puesto que en estas cuestiones se halla en juego el destino mismo de nuestras vidas y de nuestra acción, nada más vital y práctico que el papel esclarecedor de la filosofía con respecto a ellas, así como su intervención en cuestiones tan vitales como las del progreso científico y técnico cuando éste se vuelve contra el hombre; las relaciones entre política y moral cuando la política se corrompe, o se vuelve "realista"; la del dominio del hombre sobre la naturaleza cuando, guiado sólo por el lucro, mina la base natural de la existencia humana, y, finalmente, la del imperio que destruye la convivencia pacífica entre los pueblos.

Ahora bien, no hay que caer en el ciego optimismo que ve en la filosofía respuestas o certezas para todas las interrogantes. La filosofía no tiene, por ejemplo, respuestas definitivas para asegurar la armonía entre lo universal (los derechos humanos) y lo particular (la diversidad de tradiciones y culturas). Pero en contraste con los infundios de la ideología dominante, del delirio de los fanáticos políticos o religiosos o de la siembra corrosiva de los renegados, la filosofía nos ofrece con su crítica y argumentación racional y sus diseños meditados de una vida más humana la vía más confiable para navegar hacia un buen puerto, aunque no seguro.

Se hace, pues, necesario, en tiempos de confusión e incertidumbre, reivindicar la filosofía justamente por su importancia y utilidad humana, práctica, vital.

Y, de acuerdo con esta necesidad, acepto sumamente complacido el grado de doctor honoris causa que me concede la Universidad de Guadalajara, porque si bien esta alta distinción mucho me honra personal y académicamente, honra aún más, humana y socialmente, a la filosofía.

* Discurso pronunciado en la
Universidad de Guadalajara al ser investido con el grado de doctor honoris causa.
Guadalajara, Jal., 10 de junio de 2004

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